Ser invisible es estar ahí pero
sin ser notado. Cuando te veo en ocasiones me haces sentir así. Invisible. Verte
y no sentirte. Que me mires y veas atreves de mi y observes a alguien más. Caminar
a tu lado y ser el espejo gris que te acompaña por las calles hasta tu destino,
al menos en mi mente así lo hago.
Ser invisible es algo frustrante.
Oírte y no ser oído, saber qué te pasa y que no te intereses en lo que a mí me
sucede. Y en ocasiones me cuestiono, me torturo pensando en respuestas para mis
dudas, para mis pensamientos para mis emociones, para mis acciones. ¿Estaré actuando
bien o es por mis acciones que aun soy invisible?
Noche tras noche me veo tirada en
la cama o en el sofá, acompañada de mi fiel compañera y buena escucha. Mi almohada.
Ella que solo ella me escucha, me atiende en mis sollozos de soledad y
tristezas, ella que con un suave rose sabe que me hará dormir para por lo menos
soñar que tomo color y que formo parte de tu mundo. Que ya no soy parte de un mundo tornado de matices grises y
blancos con bordes negros, para dejar de ser vaho que se desvanece después de
la lluvia en los cristales. Para el día siguiente despertar y observar como
todo ha sido un sueño y que sigo siendo igual de trasparente como antes.
Que maldita eres amiga mía. O que
maldito es el subconsciente que me hace ver y sentir cosas falsas. Que juntos
vuelven a plantar la semilla que la esperanza de la necesidad, de la nostalgia
y me hacen seguir siendo invisible en tu vida.
Pero al menos un consuelo me
queda. Como la lluvia que una vez sentimos sobre nuestros cuerpos y los
resguardamos en aquel coche color grafito como lo soy yo ahora. Quedo nuestro
vaho en los cristales. Y en el deje una huella. “Seres invisibles”. Como el
amor, como nuestros sentimientos, como lo que somos, como lo que soy.
Así como esta esa marca en el
cristal que durara hasta que algún ser la elimine por completo. Quedara una
marca en tu vida. La de un ser invisible que paso por ella.
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